sábado, 6 de octubre de 2007

Bienvenidos a mondosordo

Durante años me he dedicado al viejo oficio de mis padres, al siempre desagradecido oficio del maestro. Si algo aprendí de las clases de inglés que impartía era que los adolescentes y los no tan adolescentes sufrían de una grave deficiencia(entre las otras muchas proporcionadas por la inevitable fase biológica): no se les escuchaba. Ni sus padres, ni la mayoría de sus profesores en la escuela, ni sus abuelos, ni el que les vende el tabaco de estranquis, nadie les escuchaba. Y ellos, lejos de darse por vencidos, lo intentaban sin cesar. De ahí que en clase no se logre un poco de silencio a no ser que el profesor les amenace con lo peor imaginable para sus mentes adolescentes.

De acuerdo, es una visión harto romántica y optimista del grave problema de atención de los chavales en clase. Pero, ¿y si el problema se enquistara durante la adolescencia, como tantos otros traumas, y resultara en una sociedad adulta que no escucha ni se escucha? Y empecé a analizar mi entorno laboral....

En mi trabajo: el jueves pasado fui a la Feria del Libro en mi ciudad a negociar con otros editores (sí,sí, gente que se supone que lee muchísimo y que sabe escuchar las necesidades del lector). Ni uno solo de los editores y comerciantes con los que hablé logró mantener la vista mirándome a los ojos mientras me hablaba o le hablaban, sus ojos revoloteaban y no entendía nada de lo que se le decía, demasiado pendiente estaba del uno y del otro que pasaban por su lado.

En mi otro trabajo: también soy dependienta de una librería, y la gente acude a nuestro pequeño establecimiento porque se puede hablar, o porque ellos pueden hablar (que lo hacen...y mucho...algunos incluso demasiado). ¿Por qué? Porque por fin alguien les escucha.

Y muchos otros ejemplos, como el de los camareros de bar, que tienen que escuchar toda una retahíla de quejas, estudios filosóficos sobre el destino de la humanidad, la pareja, la familia o el gobierno, por mencionar algunos.

Así que mi conclusión para hoy es que vivimos en un mundo de sordos. Bienvenidos a mondosordo.

sábado, 14 de julio de 2007

Yo no creo en dios, creo en las hadas

Yo creo en la magia. No he visto nunca un buen hechizo, pero he sentido los efectos de muchos. Tampoco he visto a nadie vestido con capa y varita mágica (auténtica, de árbol) ejercitar la muñeca para que broten chispas y de las chispas algo de la nada (si exceptuamos a Harry Potter y a sus colegas, claro). Sin embargo, yo creo en la magia. Creo en las brujas malas y las hadas madrinas, en hablar con el corazón (sea lo que sea lo que signifique), en apasionarse por algo sin esperanza, solo porque te gusta, en ser amable con todo aquel con quien te encuentres, en no despreciar a quien parece diferente, en seguir al sabio aunque no sepas.

Pero no creo en Dios ni en patrañas similares. No creo en la Fe, ni en los curas, ni en las monjas y sus sacrificios. No creo en el perdón por imposición, ni en el poner la otra mejilla, ni en su Bien y su Mal. No creo en morir y matar por Dios, por la Patria y mucho menos, por el rey.

¿Cómo creer en un Dios que desprecia la otra mitad de la humanidad? ¿Cómo creer en un Ser Todopoderoso que desprecia a más del 50% de la humanidad por carecer de pene?Por favor, quien crea en semejante tontería, le pido que trate de reflexionar, aún no es demasiado tarde para creer en la magia. El Bien religioso es en realidad su Mal, y el Mal...bueno, digamos que prefiero a las brujas y a Copérnico, a Virgilio y a Ovidio que ha Santo Tomás y compañía.

sábado, 23 de junio de 2007

DEL OFICIO DE NUESTRAS ABUELAS

Una de las cosas que más despiertan mi curiosidad es saber cómo la gente es capaz de saber exactamente a qué van a dedicar el resto de sus vidas. Por ejemplo, ¿cómo decides que quieres ser oftalmólogo? Siempre he creido que cuando somos unos críos a lo único que queremos dedicar el resto de nuestras vidas es a realizar cualquier tipo de actividad que lleve implícito un cierto sentido aventurero. Confesémoslo: todos conocemos a alguien que alguna vez ha deseado ser astronauta, bombero, médico (para salvar vidas), escritor (al estilo más loco y bohemio), dibujante de cómics (y vivir toda la vida haciendo las caricaturas de tus profesores y amigos). Pero, ¿cómo llega alguien a la conclusión de que quiere ser oftalmólogo?¿o dentista?¿Es que no ha pasado jamás miedo en la consulta del dentista?¿cómo puedes querer convertirte en la pesadilla de millones de personas que pueden permitirse empastarse una caries?

Lo cual me lleva a considerar una cuestión aún más espeluznante: ¿qué es una profesión?Una actividad que requiere un cierto esfuerzo y por la que obtienes cierta remuneración económica, puede que argumentara algún historiador (ignoro si se trata de una expresión redundante, hace años que no me dedico a escribir tratados académicos). Si aceptamos dicha definición, la prostitución es una profesión así como la docencia universitaria (¡nótese qué oficio tan cercano a la prostitución!, mis disculpas, no pretendía ofender a las prostitutas).

No.Yo creo que una profesión es algo más. Por ejemplo, yo conozco viudas oficiales. Sí, puede que reciban cierta remuneración económica por ejercer como tal, pero no es del todo necesario. Pienso en algunas abuelas que, o bien por arrepentimiento, o bien por mimética culebronesca, hacen del llanto una profesión. Así se sienten vivas, llorando a su muerto, provocándose el llanto (hasta que, años después logran controlarlo con gran pericia hasta el punto de ser capaces de llorar sin que venga a cuento). ¿Por qué?Quizás por aquello de ganarse el pan, que en este país de sentido de culpabilidad no nos falta. Si cobran la pensión de viudedad de una marido que se sacrificó toda su vida para que no les faltara de nada, ahora deben pagarlo con lágrimas, para que no se diga que no se lo merecen. Así es nuestro país, ha criado una legión de mujeres inútiles, privándolas de enseñanza y del ejercicio de sus facultades intelectuales, atiborrándolas de sentimentalismo barato y de basura cotilla, poniendo unas en contra de las otras, madres contra hijas, hijas contra hermanas y así sucesivamente, por un puñado de lágrimas. Y es que en este país la mujer no ha conocido otra cosa más que la profesión de esposa, amante, prostituta,viuda, hija, sacrificada y mártir.
Celebro que se prohiba y se castigue la ablación genital femenina, pero deberíamos recordar aquellas mujeres que en nuestro país fueron intelectualmente mutiladas por el fanatismo religioso de derechas y el nefasto bagaje ideológico de la Iglesia que todavía arrastramos con cada deplorable ejercicio de la violencia machista en nuestro país.

viernes, 22 de junio de 2007

Generación perdedora

Siempre me ha molestado que en las series americanas se tilde de perdedores a aquellos que no "triunfan" en la vida. Por "triunfar" parece ser que tenemos que entender que
a) no eres atractivo/a (es decir, rubio/a o moreno/a si es que perteneces a una de esas minorías étnicas en las que se permite el azabache que no el rizo).
b) no tienes dinero (lo sentimos, no has seguido el camino adecuado y Dios no te ha premiado con una vida llena de dinero, derroche y lujo. dinero con el que, por otra parte, podrías hacerte esos arreglillos faciales que tanto necesita tu cuerpo para llegar a ser físiscamente atractivo*ver a))
c) tu trabajo no es propio de la clase profesional (en la que, a la larga, si Dios te bendice, no has tenido hijos y has sido super competitivo conseguirás escalar posiciones)

Todo lo anterior se cumple si superas la treintena com servidora. Si eres adolescente lo tienes infinitamente peor. No solo tienes que cumplir con todo lo anterior, sino que además tienes que conseguirlo dependiendo de la fortuna de tus padres (es decir, que depende donde hayas nacido, lo tienes muy crudo.)

Pero, ¿qué significa lo de perdedor?Porque, aunque cada vez seamos más y más parecidos a los norteamericanos, no creo que podamos aplicarnos el título a nivel individual, todavía. Pero sí colectivamente. Sí, a nuestro país le va lo de las generaciones desgraciadas. Y así, nuestros abuelos fueron la generación perdida, ebntre guerras intestinas, odios y fanatismo religioso estúpido. Y nosotros heredadmos el título modificando el adjetivo. Somos la generación perdedora (y según como pedorra). Pero, lejos de sentirnos frustrados por ello, yo creo que deberíamos alegrarnos. Porque si lo contrario consiste en a,b y c, prefiero, por lo menos seguir teniendo sueños, que es lo único que nos diferencia de las bestias.